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martes, 19 de junio de 2018

EL TIEMPO


Pasan despacio los días, sin embargo los años corren.  Cuando queremos acordar ya es de nuevo Navidad. No podemos detenerlo y pasa inexorablemente, sin darnos cuenta, y nos vamos haciendo mayores.

A partir de los cuarenta años es cuando notamos que otro año se fue y somos un año mayor. Lo notamos en nuestro cuerpo, que es mayor y en nuestra alma, que es más madura.

El día a día se hace interminable, parece que no pasan los días, pero cuando queremos acordar, es otra vez nuestro cumpleaños, y a soplar las velitas.

De niños queremos hacernos mayores, importantes, pero de mayores quisiéramos que el tiempo se detuviese y no cumpliéramos más años. Es ley de vida, los días pasan y los que nos pasamos somos nosotros.
Recordamos, con añoranza los días de nuestra juventud, cuando buscábamos pareja y nos fijábamos en el sexo contrario, deseando tener novi@.

Todo llega, nos hacemos novi@s, nos casamos, tenemos hijos, trabajamos y el tiempo corre que te corre pasa sin darnos cuenta y cuando queremos acordar somos abuelos.

Nos jubilamos con la esperanza de vivir un poco mejor, pero los achaques hacen que este tiempo sea duro y no disfrutamos de nuestra vejez como debiéramos.

Cobramos nuestra jubilación y la gastamos en los nietos, que son la luz de nuestra alma.


Los queremos más que a nuestros propios hijos. Nos entretenemos jugando con ellos.

Pero esto son cosas de la vida. Tiene que pasar y venir los hijos y después los nietos.
El cuento se va acabando y, sin querer somos viejos y no hay forma de volver atrás.
JOSÉ ANTONIO MÉRIDA.

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